
Puede que en Afganistán haya maravillas arquitectónicas para visitar o alguna puesta de sol inolvidable, pero no se entiende como puede funcionar un país con esa particular inquina que le tienen los afganos a las afganas. El burka casi parece tendencia primavera-verano al lado de
esa nueva Ley que el señor Karzai (sí, el de los bonitos gorros y chales y amigo de Occidente) quería aprobar de tapadillo para contentar a los chiíes (o a los pastunes o a los azeríes, que me da a mí, que en ese país el progresismo no sobra).
Según esta
bonita normativa, que el grito en el cielo de algunos líderes europeos va a suavizar un poco, las afganas no pueden salir a la calle sin el permiso de su marido (ni estudiar, ni trabajar, ni ir al médico...) no pueden negarse a tener relaciones sexuales con él y se tienen que maquillar si él se lo pide (y para qué, si con el burka no se les ve ni el rabillo del ojo?).
¿No deberían empezar a pensar Obama y sus sesudos compañeros de pupitre que la mejor manera de vencer a Al Qaeda es dejar respirar (y trabajar, y vivir) a las afganas? Y sigo esperando leer en algún lado la airada respuesta del Gobierno español (o de alguna ministra al menos)