
Y ahí está el quid de la cuestión: si usted quiere divorciarse como todo hijo de vecino, piense que todo va en el mismo paquete (que no es el de Infanta de España): a saber, nada de reverencias, ni trabajos prodigiosamente bien pagados, ni viviendas de tropocientos metros, ni nada que no sea la rutinaria y maravillosa normalidad.
Y si no es así, pues ya se sabe, o se es tan lista como Carolina o a aguantarse con el consorte de turno.
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